Si las previsiones de crecimiento no cambian habrá una congestión en los principales ejes de comunicación en 2020

El Comité Económico y Social Europeo (CESE) ha elaborado un dictamen exploratorio sobre la "Política Europea de Transporte en el marco de la Estrategia de Lisboa post-2010 y de la Estrategia de Desarrollo Sostenible", en el que se desprenden diferentes afirmaciones, algunas de las cuales ya expusimos en el número anterior de FTP y ahora completamos en este número.

      Como dijimos, las actividades de transporte son un elemento esencial de la economía europea. Representan aproximadamente el 7 por 100 del PIB y el 5 por 100 del empleo y contribuyen a la creación del 30 por 100 del PIB de la industria y la agricultura, y del 70 por 100 del PIB de los servicios.

Los estudios de la Comisión prevén un fuerte aumento de los flujos de transporte en 2020 si no se produce una inflexión:
- el transporte entre los países de Europa Occidental aumentará en un 33 por 100;
- el transporte entre los países de Europa Oriental aumentará en un 77 por 100;
- el transporte desde Europa Occidental hacia Europa Oriental aumentará en un 68 por 100;
- el transporte desde Europa Oriental hacia Europa Occidental aumentará en un 55 por 100.

Si estas previsiones se hacen realidad, nos encontraremos con una congestión generalizada de los principales ejes de comunicación. Demasiado transporte acabará con el transporte. En consecuencia, debemos dedicar considerables esfuerzos a la investigación y desarrollo en el área de las tecnologías del transporte (motores, carburantes, eficiencia energética, lucha contra la contaminación, etc.), las inversiones en infraestructuras, la mejora de la comodalidad, la rehabilitación del transporte ferroviario de mercancías y el desarrollo del transporte marítimo y por vías navegables. Hace falta un auténtico Plan Marshall para las nuevas tecnologías y las inversiones en el transporte si queremos alcanzar los objetivos de la Comisión en materia de reducción de las emisiones de carbono. Por otra parte, los profesionales del transporte han acuñado el concepto de optimodalidad, definido como la optimización del rendimiento técnico, económico y medioambiental de las cadenas de transporte de mercancías, y han creado un círculo para la optimodalidad en Europa. El objetivo que debe perseguirse es desacoplar el crecimiento económico de los efectos negativos del transporte.

Transporte terrestre

El lema del transporte europeo es hoy la comodalidad, es decir, la optimización de cada modo de transporte y el fomento de una mejor complementariedad y una interacción lo más eficaz posible entre los distintos modos. El 80 por 100 de transporte terrestre tiene lugar sobre distancias inferiores a 100 km. Así pues, es necesario dar una respuesta adaptada a esta demanda, la cual, además del transporte por carretera, puede atenderse también con el transporte ferroviario de proximidad, ya que el transporte por vías navegables o marítimo parecen menos viables en distancias muy cortas. En todo caso, se debe fomentar con decisión la transferencia modal cuando sea pertinente, ya que sin ella la Unión Europea no logrará desarrollar una economía del transporte de bajo carbono.

Transporte urbano de mercancías

Este tipo de transporte genera un volumen de tráfico importante. Por ejemplo, en París constituye el 20 por 100 del tráfico y el 26 por 100 de las emisiones de gases de efecto invernadero. En consecuencia, se ha de optimizar la logística urbana y favorecer la transferencia modal hacia el ferrocarril o las vías navegables cuando ello sea posible.

Conclusiones y recomendaciones

El Comité Económico y Social Europeo insiste en que la competitividad, la fiabilidad, la fluidez y la rentabilidad del transporte son necesarias para la prosperidad económica de Europa, y que la libre circulación de personas y bienes constituye una de las libertades fundamentales de la Unión Europea. Por ello, los transportes deberán contribuir de manera importante a la consecución de los objetivos de la Estrategia UE-2020. El CESE también llama la atención sobre el hecho de que el sector del transporte en su conjunto ha sufrido mucho como consecuencia de la crisis económica que atravesamos. Pero es consciente del carácter insuficientemente sostenible de dicho sector.

El CESE sostiene los esfuerzos realizados para alcanzar una comodalidad eficaz y la optimización y puesta en red de los distintos modos de transporte a fin de obtener un sistema integrado y una fluidez máxima. Sin embargo, insiste en que no se ha de abandonar la ambición de favorecer la transferencia modal, pues sin ella se estancará el desarrollo de los modos de transporte sin emisiones de carbono e, inversamente, seguirán aumentando la congestión y las emisiones.

El Comité Económico y Social Europeo, que constata la dependencia del sector del transporte respecto de las energías fósiles, con sus consecuencias tanto desde el punto de vista de las emisiones como de la seguridad y la independencia del abastecimiento, y que sabe que los recursos, concretamente el petróleo, son limitados, entiende que, al mismo tiempo que mantiene la competitividad del sector en el marco de la Estrategia UE-2020, la futura política europea de transporte debe perseguir cuatro grandes metas: el fomento de modos de transporte con bajas emisiones de carbono, la eficiencia energética, la seguridad e independencia del abastecimiento, y la lucha contra la congestión del tráfico.

Los principales retos que se han de afrontar y los factores que deben integrarse en una política sostenible del transporte son el crecimiento de la urbanización y la demanda de comodidad en los desplazamientos cotidianos, la protección de la salud pública, que implica una reducción de las emisiones de elementos contaminantes y gases de efecto invernadero, la preservación de una economía basada en el comercio que integre la necesidad de reducir las emisiones, la definición de territorios homogéneos en los que crear una auténtica política integrada de transportes, y la comprensión y adhesión de las poblaciones y los agentes económicos para contribuir a la aplicación de nuevas políticas y comportamientos en el ámbito de la movilidad. Sin embargo, es evidente que si la Unión Europea actúa sola, sus esfuerzos serán baldíos. Obviamente, se necesita un acuerdo internacional sobre la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, no solo por los motivos relacionados con el calentamiento climático, sino para responder a la disminución de las fuentes energéticas tradicionales.

En la práctica, el desafío que debe afrontar una nueva política de transportes es preservar el dinamismo del sector y su competitividad, intentado al mismo tiempo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y otros contaminantes, facilitar la transferencia modal, acortar las distancias, favorecer una cadena de transporte sin discontinuidades y atraer a los usuarios hacia los modos menos contaminantes en términos de km/viajero o km/mercancías.

Para ello existen soluciones simples que pueden tener efectos directos, rápidos y tangibles con un coste limitado: elección de carburantes lo más ecológicos posible y energías renovables, uso del biogás generado por el reciclaje de residuos, recuperación de espacios existentes (infraestructuras ferroviarias o portuarias abandonadas, por ejemplo) para destinarlos a servicios de movilidad, mejora de los espacios de conexión existentes, creación de billetes de transporte únicos para trayectos regionales y/o urbanos, desarrollo de líneas de autobús en carril segregado, fomento de los sistemas de coche compartido, fomento
del intercambio de información entre operadores ferroviarios, etc.

Otras soluciones precisan decisiones políticas enérgicas y tienen consecuencias económicas importantes: construcción de aparcamientos disuasorios conectados a una alternativa viable de transporte, creación de un sistema de centralización de datos que permita la regulación de las entradas-salidas para todos los modos de transporte en un determinado territorio, ordenación urbana idónea que reduzca la movilidad forzada, inversión en tranvías o metro, internalización de los costes externos para reflejarlos en el precio del transporte, desarrollo de TIC que permitan dar información fiable a los agentes de la cadena de movilidad, medición de la eficiencia de los modos elegidos, implantación de procesos basados en las energías renovables y recuperación de dicha energía con los medios mejor adaptados (electricidad para tranvías, gas para determinados vehículos, etc.).